(Para leer en voz alta)

Es curioso cómo mi mente conserva vívidamente algunos momentos. A veces, de la nada, puedo verme caminando por la calle 20, llegando a la 17, cerca a la casa de don Pablo Canay. Camino detrás de un señor que va en su carreta jalada por un mulo flaco de ojitos tristes. Puedo ver las naranjas sobre la carreta y cómo algunas se le han escapado y han quedado esparcidas por la calle, marcando el rastro a su paso.

A veces tengo diez años otra vez y paso por el parquecito del caño Córdoba que queda detrás de mi casa (no sé por qué siempre dije que quedaba atrás si en realidad quedaba adelante…). Camino frente a la bodega de uno de los señores Cetina, de quien me enteré —mi papá me contó— hace poco de que murió, como don Pablo, que también falleció. Buscando la sombra, cojo la 19 para llegar a las tres en punto a mi clase de inglés con el teacher Clodomiro. Llevo mi carpeta transparente con todas las copias duplicadas de diferentes conjugaciones que guardaba religiosamente para luego no estudiarlas jamás. Es curioso cómo mi mente me deja otra vez ser parte de un lugar al que ahora soy tan ajena.

De vez en cuando y muy en contra de mi voluntad, mi mente también me lleva a esas mañanas a un lugar no tan lejos de aquí. Puedo verme la noche anterior respondiendo: “A las siete y media”, sabiendo que no voy a abrir el ojo hasta las ocho y que, en realidad, no me voy a levantar hasta las ocho y cuarto, cuando ya casi se me ha hecho tarde. Pero, sobre todo, escucho de nuevo ambas alarmas sabiendo que voy a querer extender la mía un ratito más, con la esperanza de quedarme ahí, así, para siempre.

Que romantizo mucho, dice mi amiga Andrea; que no puedo vivir sintiendo poco, digo yo. Que pasar la vida sin añorar es como no haber estado en ninguno de esos lugares. Que a cada cosa que he vivido le he dejado una parte de mí y que ellas también quedan incompletas, porque de cada una me he llevado un pedazo conmigo. Que Arauca, mi Arauca, existe en mi corazón. Que todavía puedo sentir el aire siempre fresco de mi casa y el piso recién trapeado de la sala. Que me acuerdo de cómo se siente abrir la puerta y escuchar el sonido que hacía la chapa al girar la llave a la derecha; que puedo sentir con las palmas de mis pies las rendijas de las baldosas rojas de las habitaciones y la textura del piso siempre limpio del comedor. Que puedo ver a mi mamá descalza, sentada en el piso, con la espalda apoyada contra la pared, una pierna estirada y la otra flexionada para mantenerse derecha. La veo riéndose, arrugando la nariz, una de las pocas veces que frente a nosotras perdió la rigidez y olvidó que estaba brava o estresada por algo. Que mi casa vive en mí y va conmigo adondequiera que yo vaya. Que no puedo extrañar a alguien sin extrañarlo todo porque no sé cómo amar por partes, y cada uno de esos lugares, ahora y para siempre, hace parte de mí.

Un ratito más, un abrazo más, prometo que es el último. Prometo que cuando cruce la puerta no voy a mirar atrás. Prometo que tomo una bocanada de aire y sigo como siempre sigo, como si no me fuera incompleta. Como si no me llevara nada.

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