El duelo – parte I

“A mi vida le ha sobrado vida y muerte. De esa aparente abundancia proviene mi no saber qué hacer con el peso de las experiencias.” Héctor Abad Faciolince

La lista de personas que he perdido en mi vida es larga y ustedes pensarán que uno llega a acostumbrarse. Todo lo contrario, cuando uno ya sabe cómo se siente perder, es difícil olvidar que todo se puede ir.

La primera vez que alguien muy importante para mí murió, yo tenía once años. Johan era mi primo, casi hermano, de veintidós años, que llenaba ese espacio que solo un hijo varón puede ocupar en una casa con tres hijas. Johan era el niño de mi mamá, el compinche de mi papá y el consentido de todos, incluida Johana, quien cocinaba en mi casa. Mi plan favorito era llegar del colegio a pelearme con él por el control del televisor, llorar por los insultos que nos decíamos, darle quejas a mi mamá y verlo comerse los tomates como si fueran manzanas. Jamás se lo habría admitido en la cara, pero para mí era la persona más espectacular del mundo. Me habría gustado decirle, al menos una vez, lo mucho que lo amaba. Johan murió en un accidente de carro un sábado por la mañana, y esa fue la primera de muchas veces en las que he repasado desesperadamente en mi cabeza los acontecimientos de las últimas veinticuatro horas. Desde entonces, me parece casi tierna la manera en que, a veces, nuestro cerebro —y me refiero al mío— se empeña en repasar el pasado como si, al encontrar el momento exacto en que ocurrió la falla, pudiéramos corregir el resultado.

Los siguientes años fueron bastante raros; era como si a mi familia le hubiera tocado una de esas maldiciones que solo tienen sentido en los libros de García Márquez. Primero fue mi nono: no había pasado siquiera un año desde la muerte de Johan cuando a mi abuelo lo empujaron y se golpeó la cabeza. Años más tarde, mi nona fallecería tres meses antes que mi mamá.

María Eugenia tenía cáncer. Murió en Bogotá después de una cirugía por una complicación, falta de cuidado, descuido u omisión de actuar con la prudencia que se espera del personal médico. Podría decir que ese fue el inicio de los años más confusos y solitarios de mi vida y que espero, si es que cada uno de nosotros viene a este mundo con una cuota de sufrimiento asignada, la nuestra ya haya quedado saldada.

Todavía me acuerdo del día en que acompañé a mi papá a esa clínica. Él intentaba explicarle a un doctor, con términos médicos y técnicos, todo lo que había salido mal ese día después de la cirugía. Podía ver en sus ojos y escuchar en su voz la esperanza de que le dijeran: usted tiene razón, señor, ya traemos a su esposa. Nada de lo que pasó debía haber pasado, y él ya había encontrado el momento y la falla y tal vez, solo tal vez, si lo explicaba correctamente, si lograba demostrarle a ese médico que estaba en lo cierto, tal vez, mi mamá ya no estaría muerta.

Un día tuve la visión de ser una camiseta blanca de algodón. A mí siempre me han gustado las camisetas blancas. De esas de gramaje alto que duran años en el clóset de alguien. En mi visión, la camiseta tenía huecos grandes y pequeños — mis muertos, los pedazos de mí que se fueron con quienes se fueron y con quienes no supieron quedarse. Pero también tenía remiendos y bordados de esos que adornan y que se les nota que se hicieron con cuidado a mano. Así entendí que nunca iba a superar esas pérdidas ni a recuperar las partes de mí que se fueron con quienes partieron. Que esos dolores no habían desaparecido; solo se habían vuelto soportables. Que era yo quien había cambiado. Y que así era como había sobrevivido.

Dejamos de ser las personas que éramos — y en esa transformación, lo que perdimos también cambia. Ya no nos pertenecen de la misma manera porque ya no somos del todo quienes éramos.

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