El duelo – parte I

“A mi vida le ha sobrado vida y muerte. De esa aparente abundancia proviene mi no saber qué hacer con el peso de las experiencias.” Héctor Abad Faciolince

La lista de personas que he perdido en mi vida es larga y ustedes pensarán que uno llega a acostumbrarse. Todo lo contrario, una vez que sabes cómo se siente perder, ya no puedes olvidar que todo se puede ir.

Yo tenía 11 años la primera vez que alguien muy importante en mi vida murió. Johan tenía 22 años y era mi primo hermano — más hermano que primo — que llenaba ese espacio que solo un hijo varón puede llenar en una casa gobernada por mujeres. Murió en un accidente el sábado 14 de septiembre de 2002 y esa fue la primera de muchas veces que he repasado desesperadamente en mi cabeza los acontecimientos de las últimas 24 horas como si, al hacerlo, pudiera corregir algo. Esa semana Johan y yo habíamos peleado y no me hablaba, según él, yo lo había tratado mal. En mi defensa, yo creo que él estaba sensible y chocamos en un mal momento. Le encantaba molestarme — pegarme con cosas, ponerme apodos — y yo, al son del bochinche, amaba que lo hiciera, así éramos. Si algo hubiera cambiado ese sábado, tal vez esa pelea sería hoy solo una anécdota de muchas.

Un poco más de cinco años después volví a repasar las últimas 24 horas. Mi mamá tenía cáncer y murió debido a una negligencia médica. Le colgué el teléfono la última vez que hablamos, ¿cómo iba a saber yo lo que iba a pasar? Un par de meses después de su muerte, fui con mi papá al hospital donde la trataban. Mi papá intentaba explicarle con términos médicos y técnicos a un doctor todo lo que había salido mal ese día. Yo podía ver en sus ojos y escuchar en su voz la esperanza de que le dijeran: usted tiene razón, señor, ya traen a su esposa. Nada de lo que pasó debía haber pasado, y tal vez, si él lo explicaba correctamente, si encontraba el momento y la falla, su mujer volvería.

Un día tuve la visión de ser una camiseta blanca de algodón. A mí siempre me han gustado mucho las camisetas blancas. De esas de gramaje alto que duran años en el clóset de alguien, de material grueso que por el uso y las lavadas el blanco ya no es tan blanco. En mi visión, la camiseta tenía agujeros grandes, pequeños — mis muertos, los pedazos de mí que se fueron con quien se fue y quienes no supieron quedarse. Pero también tenía remiendos, algunos mal hechos y, sobre todo, bordados, hermosos, de esos que adornan y llenan de amor una prenda. Así entendí que uno nunca supera las pérdidas. Que eso dolores siempre se quedan con uno. Que en cambio, uno se vuelve más grande, crece, cambia, y que así es como sobrevive.

Dejamos de ser las personas que éramos — y en esa transformación, las pérdidas también cambian. Ya no nos pertenecen de la misma manera porque ya no somos del todo quienes éramos.

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